En 2026, la vida sigue siendo incierta y atemorizante. ¿Cómo podemos hallar la paz?

La incertidumbre se ha convertido en una compañera constante últimamente. La economía está cambiando. La fuerza laboral sigue transformándose. Los hábitos de consumo de los clientes parecen impredecibles. Los aranceles y las nuevas regulaciones siguen sacudiendo el terreno bajo nuestros pies. Cada titular parece un recordatorio más de que el mundo es inestable.
¿Qué nos deparará el 2026?
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Nadie lo sabe, en realidad. Al liderar equipos, empresas y familias, uno puede sentirse como si caminara sobre la cuerda floja, tratando de tomar decisiones seguras cuando el futuro se percibe nebuloso.
Sin embargo, como líderes cristianos, estamos llamados a algo diferente. Estamos llamados a liderar con paz en medio de la tormenta, a adentrarnos en la incertidumbre, no con temor, sino con fe. Estamos llamados a liderar con una confianza serena que no proviene de nuestra propia fuerza ni de las circunstancias que nos rodean, sino del Dios que nunca cambia.
Así es el verdadero liderazgo. No se trata de fingir que la incertidumbre no existe. Se trata de permanecer en ella, anclados en la verdad inquebrantable de que Dios sigue teniendo el control. En el Antiguo Testamento, Dios le da a Jeremías un poderoso recordatorio:
"Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí?" (Jeremías 32:27 NVI).
Esas palabras resuenan en nuestro mundo de hoy. Cuando los mercados fluctúan, los clientes se retraen y parece que todo se mueve bajo nuestros pies, Dios nos susurra lo mismo: Nada es imposible para Mí. Nuestra confianza como líderes cristianos no puede provenir de cosas que cambian: la economía, los ingresos o las tendencias. Tiene que venir de Aquel que no cambia.
El Nuevo Testamento nos da una imagen clara de ello a través de la historia de Pedro:
"Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. 30 Pero, al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó:—¡Señor, sálvame!" (Mateo 14:29-30 NVI).
Mientras Pedro mantuvo sus ojos en Jesús, caminó con confianza sobre las olas. Pero en el momento en que su enfoque se desvió hacia el viento y la tormenta, el miedo se apoderó de él y comenzó a hundirse. Así somos nosotros, ¿no es cierto? Cuando nuestros ojos están fijos en Cristo, podemos atravesar los desafíos con fortaleza y paz. Cuando nos obsesionamos con los titulares, las cifras o lo desconocido, empezamos a sentir que nos hundimos.
Aquí está la buena noticia. Cuando Pedro comenzó a hundirse, clamó: "¡Señor, sálvame!", y Jesús extendió su mano de inmediato. Esa es la confianza con la que podemos caminar, no una confianza en nosotros mismos, sino en el Dios que nos levanta cuando empezamos a caer.
Como líderes cristianos, nuestro trabajo no es controlar cada resultado. Es permanecer fieles en medio de la incertidumbre y confiar en que Dios está haciendo algo más grande de lo que podemos ver. Sí, debemos prestar atención a la economía. Sí, debemos estar al tanto de las tendencias laborales y las necesidades de los clientes. Pero nuestra confianza no proviene de los datos ni de los pronósticos. Proviene de saber que el mismo Dios que llamó a Pedro a salir de la barca es el mismo Dios que camina a nuestro lado hoy.
Somos simplemente administradores de los negocios en los que estamos. Él sigue al mando y no ha cambiado. Él sigue siendo Señor sobre el viento y las olas, y si podemos descansar en eso, parte de la presión de "hacer que las cosas sucedan" comienza a disminuir. La incertidumbre comienza a sentirse un poco menos incierta. La confianza comienza a crecer porque no recae sobre nuestros hombros. Recae sobre los suyos, y Él nos sostiene.
Por lo tanto, cuando las cosas parezcan inestables, recordemos esto: mantengamos nuestros ojos en Cristo. Sigamos liderando con fe. Sigamos confiando en Aquel que nunca vacila. No tenemos que tener todas las respuestas. Solo tenemos que mantener nuestro enfoque en Aquel que sí las tiene. Así es como lideramos con confianza en tiempos de incertidumbre.